26 may. 2009

Batman contra el Lazo de la Verdad





Latidos acelerados El detector de mentiras y la Mujer Maravilla tienen en común sus extraños creadores


Enrique Margery Bertoglia | enrique.margery@gmail.com
Imagine una pareja de psicólogos en la cama, a punto de dormirse. De pronto, ella dice que su presión sanguínea “parece elevarse” cuando está enojada o excitada; él guarda silencio por un instante, luego pone cara de ¡eureka!, salta de la cama y… corre a inventar el detector de mentiras. Por inverosímil que parezca, esta es una historia de la vida real.

William Moulton Marston (1893-1947) fue un psicólogo norteamericano. Educado en la Universidad de Harvard, obtuvo su titulación en 1915 y un doctorado en psicología en 1921.

Elizabeth Holloway (1893-1993) nació en la isla de Man (Reino Unido) y fue criada en Boston, Massachussetts, EE. UU. En una época en la que pocas mujeres alcanzaban un grado universitario, Holloway obtuvo tres. Titulada en psicología por el Mount Holyoke College en 1915, intentó estudiar leyes en Harvard (donde ya era alumno William, su prometido), pero pronto descubrió que la facultad sólo admitía hombres.

Entonces partió a la Universidad de Boston, donde se graduó en leyes. William y Elizabeth se casaron en 1918 y se unieron al Departamento de Psicología de Harvard. Dado que el programa doctoral estaba reservado a los varones, Elizabeth cursó su maestría en el vecino Radcliffe College.

Bajo presión. Elizabeth colaboró con William en su estudio sobre la correlación entre la presión sanguínea y la mentira. Este trabajo sería la base para que William crease la prueba de presión sistólica, un test empleado para detectar el engaño, precursor del moderno polígrafo (detector de mentiras).

En 1928, William Marston publica el libro Emotions of Normal People, en el que elabora la teoría DISC, un modelo de “unidades elementales de conducta humana” basado en cuatro dimensiones:

Dominación: asociada con el control y el poder. Describe un continuum que va desde individuos cautos, conservadores y pacíficos hasta individuos determinados, ambiciosos y pioneros.

Influencia: relacionada con el manejo de situaciones sociales. Aquí tendremos individuos con “alta I” (entusiastas, carismáticos y persuasivos) mientras que aquellos con “baja I” tenderán a ser reflexivos, escépticos y tímidos.

Sumisión: asociada con la paciencia y la persistencia, los individuos fuertes de este apartado son pacientes, serenos y predecibles; los de “baja S” tienden a ser impacientes, inquietos e impulsivos.

Cumplimiento: asociado con el sentido de estructura y organización, las personas con “alta C” tienden a ser cuidadosas, sistemáticas y precisas; aquellas con “baja C” suelen ser desafiantes de las reglas, descuidadas con los detalles e indisciplinadas.

En 1930, John Geier toma la teoría de Marston para construir la prueba de personalidad DISC, una de las más confiables y ampliamente utilizada en nuestros días.

La Mujer Maravilla. En octubre de 1940, en una entrevista conducida por Olivia Byrne (una de sus estudiantes), Marston comenta sobre su afición a las historietas de acción y subraya el gran potencial educativo que tienen. En aquel entonces, el mundo de los superhéroes era dominado por cuatro personajes masculinos: Superman y los recién llegados Batman, Flash y Linterna Verde.

Angustiado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Marston comenzó a pensar en un nuevo tipo de superhéroe: uno que no intentase imponerse con la fuerza de sus puños o rayos caloríficos, sino que, mediante la fuerza del amor, promoviera una revolución psíquica global. “Bien, pero haz que tu superhéroe sea una mujer”, le dijo Elizabeth. Bajo el seudónimo de Charles Moulton, Marston ideó el personaje de “Suprema, la Mujer Maravilla”, que pronto sería recortado al nombre que hoy conocemos.

Para cuando el nuevo personaje llega a los puestos de revista norteamericanos en 1942, la estudiante Olivia Byrne ya vive con los esposos Marston en una relación polígama y multiamorosa; William ten-drá dos hijos con Elizabeth (Pete y Olive Ann) y otros dos con Olivia (Byrne y Donn). La “familia extendida” vive en armonía.

Elizabeth y Olivia fueron la inspiración de Marston para la creación de la Mujer Maravilla: de la primera tomó su carácter poco convencional y liberado; de la segun-da, su impresionante contextura atlética y el largo cabello azabache. Hasta los enormes brazaletes de plata que siempre usaba Olivia Byrne fueron adoptados por la Mujer Maravilla, con la ventaja de que estos eran capaces de desviar las balas de los malhechores.

Claro está, todo el trabajo con la prueba de presión sistólica y el detector de mentiras no podía estar ausente en la heroína: a pesar de poseer fuerza y agilidad sobrehumanas, el gran poder de la Mujer Maravilla derivaba de su “Lazo de la Verdad”, un instrumento mágico con el que podía someter a los villanos y obligarlos a decir la verdad.

Ataduras. Con la Mujer Maravilla, Marston recuperó el tema de la dominación-sumisión e introdujo, en la cultura americana, lo que luego sería conocido como bondage (del inglés to bind , maniatar): encordamientos eróticos ejecutados sobre una persona semidesnuda o completamente desnuda.

Aunque suavizadas en los años 50, las primeras historias están llenas de ejemplos de sumisión física: los malhechores son sujetados o atados, y las amigas de la heroína –voluptuosas amazonas– se involucran todo el tiempo en juegos de bondage y lucha.

Marston afirmaba que la noción masculina de la libertad era anárquica y violenta, en oposición a la femenina, basada en el encanto amoroso, que conducía a un estado ideal de sumisión. Así, la sumisión a las mujeres resultaba ser una práctica noble y capaz de salvar al mundo, que solo era gratificante y efectiva bajo un clima fuertemente erótico.

Tras la muerte de William en 1947, Elizabeth y Olivia siguieron viviendo juntas, cuidando de los cuatro hijos.

Poco antes de la muerte de Olivia –a inicios de la década de 1980– observaron el salto el estrellato de Lynda Carter, al interpretar en televisión a una Mujer Maravilla con aires de música disco.

Dos lecciones. William Moulton Marston fue psicólogo, feminista, inventor y autor de tiras cómicas.

Por su parte, Elizabeth Holloway llegó a cumplir los cien años y rompió todos los moldes: fue madre y mujer de carrera –algo controvertido en su tiempo–, sirvió como editora de la Enciclopedia Británica, ocupó un alto cargo en la empresa aseguradora Metropolitan Life y se distinguió como profesora de ética, psicología y leyes.

Los Marston jamás tuvieron que decir que no les importaba “el qué dirán” pues realmente no les importaba. Ambos vivieron vidas productivas, felices y poco habituales, y lo hicieron en sus propios términos. Esta fue la primera lección que nos dejaron.

La segunda lección nace de aquellas raras ocasiones en las que Elizabeth y William hojeaban las historietas de Batman: una y otra vez, a puñetazo limpio, el enmascarado hacía retroceder a los villanos, pero no lograba evitar que siempre volvieran.

Los esposos sonreían condescendientes ante los estériles esfuerzos del hombre-murciélago pues conocían una mejor estrategia: para acabar con los malvados, había que sujetarlos fuertemente con el lazo mágico... y obligarlos a decir la verdad.

tomado de http://www.nacion.com/ancora/2009/marzo/29/ancora1910481.html